Cuando Roma cayó también había quien aplaudía desde la grada.
Hay deportes que se juegan en la pista.
Y hay deportes que se deciden en los despachos.
El fútbol sala español lleva años disputando los dos partidos al mismo tiempo. Uno en el 40×20, donde la pelota sigue rodando, el talento sigue apareciendo y las cuadrigas siguen compitiendo con la nobleza del gladiador. Y otro, mucho más oscuro, mucho más silencioso y mucho más dañino, donde no hay árbitros, ni cronómetro, ni justicia deportiva que valga.
Ahí se libra la verdadera batalla por el imperio.
Y si algo enseña la historia es que Roma no cayó en una tarde. Roma cayó poco a poco.
Con sonrisas. Con pactos. Con traiciones. Con silencios. Y con demasiados Herodes.
Porque sí, siglos después, sigue habiendo Herodes.
La historia antigua nos habla de hombres que no defendían una causa, sino su propia supervivencia. Hombres capaces de abrazar a un César por la mañana y de jurar lealtad al siguiente al caer la noche. Hombres de apoyo variable, de fidelidad de alquiler, de convicción subastada al mejor postor. Y en el fútbol sala español, salvando todas las distancias y desde la metáfora que permite la opinión, demasiados se han comportado exactamente así.
Durante años, la Liga Nacional de Fútbol Sala fue el gran estandarte del 40×20. Fue identidad, marca, escaparate, crecimiento y referencia. Fue un modelo con luces y sombras, sí, pero fue modelo. Nadie puede borrar eso. Nadie puede reescribir la historia a conveniencia. Porque antes de que llegaran los nuevos emperadores, ya había un imperio levantado.
Pero todo imperio que se descuida empieza a llenarse de senadores de salón, de pretorianos con más ambición que honor y de oportunistas que no pelean por la corona… sino por el reparto del botín.
La fractura entre la Real Federación Española de Fútbol y la LNFS no fue un accidente. Fue una guerra larga. Una guerra de desgaste. Una guerra de control. Una guerra donde el fútbol sala dejó de ser el centro para convertirse en territorio de conquista. Primero llegó la erosión, luego el desplazamiento, después la asfixia… y finalmente la caída.
Hoy el mando efectivo ya no admite debate. El César tiene trono, sello y estructura. La Federación gobierna. El balón sigue rodando, sí. Las competiciones siguen en marcha, sí. El circo no ha cerrado, sí. Pero una cosa es que el espectáculo continúe… y otra muy distinta es que conserve su alma.
Porque el gran problema del fútbol sala español no es que haya cambiado de manos.
El gran problema es que se ha ido quedando sin relato.
El aficionado —ese que paga, viaja, sufre, celebra y mantiene vivo este deporte— contempla con perplejidad cómo su cuadriga sigue ganando en la arena, pero el imperio pierde brillo fuera de ella. Ve títulos, ve camisetas, ve pabellones… pero también ve grietas. Ve que algo se ha roto. Ve que el 40×20 ya no se vende con la fuerza de antes. Ve que el producto resiste, pero el prestigio se desgasta. Ve que la historia sigue… pero cada vez con menos grandeza.
Y mientras tanto aparecen los de siempre.
Los abrazafarolas de turno.
Los correveydiles profesionales.
Los guardianes mudos que nunca estaban cuando había que defender la muralla.
Los que se suben al carro cuando huele a victoria y desaparecen cuando toca embarrarse.
Los que llaman “modernización” a cualquier invasión mientras el imperio pierde identidad.
Los que se envuelven en la bandera del cambio, pero solo quieren su silla en el Senado.
No hace falta dar nombres.
El que conozca este deporte sabe perfectamente de quién hablamos.
Porque el fútbol sala español ha vivido demasiados años bajo esa lógica perversa: la del que no construye, pero ocupa; la del que no lidera, pero maniobra; la del que no cree en el juego, pero sí en el poder que genera. Y ahí es donde aparecen los Herodes modernos: esos que se arriman al sol que más calienta, que cambian de bando según conviene, que justifican hoy lo que ayer condenaban y que venden como progreso lo que en demasiados casos no ha sido más que control.
Y cuidado, porque aquí no se trata de negar la realidad.
La realidad es que el fútbol sala español sigue teniendo nivel.
La realidad es que los clubes siguen compitiendo.
La realidad es que hay talento, afición, escudos y una tradición enorme.
La realidad es que todavía hay materia prima para volver a ser referencia mundial.
Pero también es realidad que el esplendor no se decreta.
No se impone desde un despacho.
No se maquilla con propaganda.
No se fabrica a base de consignas.
El esplendor se gana con proyecto, con identidad, con orden, con credibilidad y con una visión que no convierta el 40×20 en una simple probeta de experimentos.
Y ahí está la gran acusación moral de este tiempo —que no jurídica, porque esto es opinión y metáfora—: al fútbol sala español lo han tratado demasiadas veces como un territorio que había que conquistar, no como un patrimonio que había que proteger.
Eso es lo verdaderamente grave.
No que cambien las siglas.
No que cambien los despachos.
No que cambie el dueño del sello.
Lo grave es que se haya permitido que un deporte con una historia monumental, con una escuela admirada y con un peso específico enorme haya ido perdiendo parte de su aura mientras demasiados miraban hacia otro lado… o, peor aún, aplaudían.
Roma también tuvo aplausos el día que empezó a caer.
Por eso, este no es un artículo de nostalgia.
Ni un lamento vacío.
Ni una pataleta de barra de bar.
Esto es una advertencia.
Porque todavía hay tiempo.
Todavía hay generales en cada cuadriga capaces de plantarse.
Todavía hay clubes que deben entender que la dignidad de este deporte vale más que un puñado de sestercios.
Todavía hay dirigentes que tienen que decidir si quieren ser custodios del imperio… o simples figurantes del derrumbe.
Todavía hay quienes pueden recuperar el orden, el relato y el respeto.
Pero para eso hace falta valentía.
Valentía para decir basta.
Valentía para dejar de actuar como cortesanos.
Valentía para defender el fútbol sala como lo que es: un patrimonio deportivo que merece algo más que ser utilizado como moneda de cambio, como laboratorio político o como campo de pruebas para egos ajenos.
Porque si no se entiende eso, el futuro será muy sencillo:
Habrá competición.
Habrá focos.
Habrá resultados.
Habrá títulos.
Pero no habrá imperio.
Solo quedarán los restos.
La fachada.
El mármol.
La propaganda.
El circo.
Y, como siempre, en la sombra, sonriendo mientras todo arde…
seguirán mandando los Herodes.
