Cuando el fanatismo político expulsa la libertad de un pueblo
Hay momentos en los que un medio de comunicación deja de ser únicamente una herramienta informativa para convertirse en el reflejo de una realidad incómoda. Y eso es precisamente lo que ocurre hoy en Cantoria.
Lo que nació con la intención de dar voz a un municipio entero, informar sobre sus vecinos, apoyar el deporte local, difundir la cultura popular y ofrecer una ventana plural para todos, terminó chocando contra un muro cada vez más evidente: el fanatismo político.
Porque una cosa es tener ideología. Otra muy distinta es convertir esa ideología en una religión incuestionable donde todo aquel que no aplaude al poder automáticamente pasa a ser señalado, criticado o atacado públicamente.
En los últimos años, el clima político y social en Cantoria ha ido deteriorándose hasta alcanzar un punto preocupante. No por la existencia de debate —que es sano y necesario en democracia—, sino por la incapacidad de ciertos sectores para aceptar que exista una voz independiente que no se someta al relato oficial.
El problema nunca fue informar.
El problema fue no obedecer.
Un medio que cubría fútbol sala, eventos locales, historias humanas, denuncias vecinales y actualidad del municipio comenzó a convertirse en objetivo de ataques constantes simplemente por no entrar dentro de determinados intereses políticos. Y ahí es donde aparece el verdadero peligro: cuando algunos confunden las instituciones públicas con herramientas ideológicas y creen que criticar al poder es atacar al pueblo.
No todos piensan igual en Cantoria. Y eso debería ser motivo de riqueza democrática, no de persecución social. Sin embargo, el fanatismo ha generado un ambiente donde discrepar parece molestar más que los propios problemas reales del municipio.
Lo más triste es que quienes más hablan de tolerancia son, muchas veces, quienes menos toleran una opinión distinta. Se llenan discursos hablando de libertad, pluralidad y democracia, pero reaccionan con hostilidad cuando surge un medio independiente que no acepta ser controlado ni dirigido.
Y así, poco a poco, lo que debía ser un proyecto para unir e informar acabó teniendo que desplazarse, ampliar horizontes y buscar fuera el respeto que algunos dentro negaban. No por falta de apoyo ciudadano —porque miles de visualizaciones y lectores demuestran lo contrario—, sino porque el clima generado por el sectarismo termina desgastando cualquier intento de convivencia sana.
Cuando la política entra en la vida cotidiana como una herramienta de confrontación permanente, el pueblo pierde. Pierde la libertad de expresarse sin miedo. Pierde la capacidad de escuchar. Y pierde algo todavía más importante: la convivencia entre vecinos.
Cantoria merece debate, crítica y pluralidad.
Lo que no merece es que el fanatismo convierta cualquier opinión diferente en un objetivo a destruir.
